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La «maniobrita» que salió por la culata: El portazo judicial a la carta «fraudulenta» de Hugo Rivera en el caso Australis

A veces, pasarse de listo sale carísimo. Eso es exactamente lo que debe estar pensando el reconocido penalista Hugo Rivera Villalobos, luego de que su última gran «táctica» probatoria terminara estrellándose de frente contra los tribunales. En su afán por salvar al gigante chino Joyvio de una inminente derrota judicial frente al empresario Isidoro Quiroga, Rivera intentó un atajo que terminó dejándolo muy, pero muy mal parado.

Todo el escándalo comenzó a destaparse a principios de mes, cuando el medio Reportea reveló en un reportaje exclusivo la insólita correspondencia privada entre Rivera y el prefecto inspector Carlos Rojas, jefe nacional de Ciencias Forenses de la PDI. Como la investigación se caía a pedazos por falta de pruebas, el abogado decidió saltarse olímpicamente al Ministerio Público. ¿Su brillante idea? Conseguir una carta a la medida, directamente de la cúpula policial, para usarla como su «bala de plata». La contraparte, por supuesto, puso el grito en el cielo y denunció que esta prueba era derechamente «fraudulenta» en su gestación, fruto de un lobby indebido y no de un peritaje legal.

Pero la «maniobrita» no le resultó. Cuando Rivera llegó al Cuarto Juzgado de Garantía de Santiago intentando usar este as bajo la manga para forzar la reapertura del caso, se llevó un portazo monumental. La jueza no se tragó el truco de magia: le restó toda validez a la cuestionada misiva, rechazó tajantemente reabrir la investigación y, para rematar, cerró la arista penal levantando todas las cautelares que pesaban sobre Quiroga. Un papelón jurídico de proporciones para un abogado de su estatus.

Al final del día, la creatividad le salió por la culata. No solo perdió definitivamente la causa de su multimillonario cliente, sino que gracias a la revelación original de Reportea, ahora es el propio Rivera quien está bajo la lupa. El fiscal nacional ordenó una investigación de oficio, por lo que el prestigioso penalista ahora deberá explicarle a la justicia si sus creativas cartas a la PDI constituyen delitos o tráfico de influencias. Definitivamente, un autogolazo de media cancha.